Arte y cotidianidad

Ya han pasado 12 años desde que escribí el primer artículo de esta bitácora personal Vivir del cuento o el arte como forma de vida. En dicho artículo escribí, desde una óptica muy personal, cómo la vida del artista suele ser malinterpretada como una vida fácil. Por el contrario este artículo tiene una perspectiva diferente. Ya no reflexiona sobre los artistas sino cómo la cotidianidad es captada por los artistas.

Cada artista es un reflejo de su cotidianidad, las obras que haga serán un ejemplo de su entorno, de sus gustos, de la técnica y de las posibilidades que otorgan los diversos materiales disponibles en cada época. Es así como los artistas del siglo XX se inspiraron en su cotidianidad como sujeto del arte. No sólo la vida cotidiana sirve para ser pintada o fotografiada, también los objetos que nos rodean son dignos de ser representados.

Este excelente artículo lo tomo prestado del blog La piedra de Sísifo y fue escrito por Alejandro Gamero quien nos explica en forma concisa pero muy precisa como las expresiones artísticas son un reflejo de la sociedad en que vivimos. A continuación el texto mencionado.

“Existe una tendencia generalizada a ver el arte como un concepto abstracto, algo tremendamente complejo y alejado de la realidad que necesita un elaborada explicación o un exhaustivo análisis para poder ser comprendido y valorado. A veces es triste ver cómo incluso quienes se consideran estandartes de la intelectualidad caen en esa visión tópica del arte. Le pasa por ejemplo a Mario Vargas Llosa, que en su ensayo La civilización del espectáculo dedica al arte un capítulo titulado «Caca de elefante». El título, por cierto, es bastante descriptivo del enfoque con que Vargas Llosa trata el tema. El autor peruano, que considera que estamos viviendo poco más que el apocalipsis de la cultura, se refiere a la banalización del arte contemporáneo, sobre todo a raíz del pop art, que eclosiona en los años 60 con Andy Warhol a la cabeza.

   Sin embargo, la visión que ofrece el filósofo del arte Richard Wollheim, creador del término «minimalismo», es muy distinta. En 1968 ‒una fecha simbólica por lo que representa mayo del 68 para el mundo del arte‒ publica El arte y sus objetos, un ensayo en el que defiende un concepto del arte entendido como «forma de vida». La expresión no es originaria de Wollheim; en realidad la tomó prestada de Wittgenstein, que la aplicaba al lenguaje para señalar el papel que juega en nuestras vidas como forma de representar nuestras experiencias y nuestros hábitos. De la misma manera, según Wollheim el arte está condicionado y es un reflejo del contexto social en el que se generó y solo puede comprenderse dentro de este contexto.

   Por ejemplo, es precisamente el contexto lo que hace que las 32 latas de sopa Campbell´s de Andy Warhol conviertan una imagen asociada al mundo del consumismo en arte. No es algo muy distinto a lo que Arthur C. Danto, autor del imprescindible ensayo Después del fin del arte, dice en un artículo titulado «The artworld»: si nos encontramos ante dos objetos completamente iguales y uno es una obra de arte y el otro no es porque existe un contexto que le ha otorgado un estatus diferente a cada uno de los objetos, haciendo que solo uno de los dos sea arte. La diferencia entre una caja Brillo normal y una obra de arte la marca ese contexto, que incluye una historia y una teoría del arte, que es lo que George Dickie llamó «institución del arte».

   Parece que para entender una obra de arte sea necesario conocer el contexto en el que se genera, tal vez por eso el arte contemporáneo parezca un territorio tan críptico, reservado solo a expertos. Pero por qué no va a ser posible el camino contrario: conocer el contexto a través de la obra. Lo que quiero decir es que el arte no es algo ajeno a la vida sino que más bien es un reflejo de ella. En realidad la vida se refleja en el arte y el arte en la vida. Es por eso que conocer el arte de una época es una de las forma más fiables de alcanzar un conocimiento profundo de la historia de esa época. El arte de Roma nos dice tanto sobre Roma como el arte contemporáneo nos dice ‒o nos dirá‒ sobre el mundo actual. Y así es como lo entenderán seguramente las generaciones futuras cuando vuelvan sobre nuestras obras de arte para saber más del mundo en el que vivimos hoy en día.

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Dust in the wind

La Ríos Reyna, de sala monumental a corral teatrero

Para todos quienes hicimos vida profesional en el Teatro Teresa Carreño la actual condición del mismo nos duele profundamente ya que fue un espacio donde se ofrecía una amplia oferta cultural tanto de la parte académica como música popular. Innumerables conciertos y espectáculos fueron presentados en la Sala Ríos Reyna que ahora se encuentra en un deplorable estado e inutilizada desde hace meses.

Por Julio MateranoVía | cronica.uno

17 de noviembre, 2018

No solo la oscuridad ha ganado terreno en el principal complejo cultural del país, el deterioro es cada vez más palpable. Las inundaciones después de cada lluvia dejan sus marcas en los pasillos. Las filtraciones dejan sus huellas en pisos y techos. En la práctica, la Sala Ríos Reyna pasó de tener una capacidad de 2.320 sillones a una grada habilitada sobre la tarima con 100 puestos.

Caracas. Con 329.338 metros cuadrados de construcción, es tal vez la personificación más verosímil, en Venezuela, de la cultura contemporánea. Le sobreabundan las cualidades arquitectónicas y artísticas para alardear de su autoridad en el imperio de las artes. Proyectado por el arquitecto Tomás Lugo en 1972, el Teatro Teresa Carreño es, por excelencia, el enclave de los gozos más finos de una generación aventajada y, en ocasiones, atildada, que supo disfrutar de los grandes eventos que albergó una comarca ahora en ruinas: la música, los conciertos, óperas y recitales que entonces palpitaban en la Caracas más cosmopolita.
De todos los espacios que componen la “catedral” de las artes, existe uno que ha sido el más significativo de todos y que luce afantasmado. Es la sala Ríos Reyna, la más emblemática del país. Hoy las escaleras mecánicas que se levantan desde los espacios abiertos hasta la otrora sala monumental están estáticas. Parecen detenidas en el tiempo. No hay quien las suba. En realidad, las correas están desvencijadas y el circuito mecánico que hace posible el ascenso de los espectadores está dañado. Requieren mantenimiento. Al lugar le falta la logística de los grandes recintos.

En medio de todas las privaciones que desmantelan la institucionalidad del Teresa Carreño, la parálisis de los peldaños metálicos encarna el menor de los problemas en un recinto estropeado por la desinversión y la abulia gubernamental. Los 2.320 sillones inhabilitados por la crisis presupuestaria en la Ríos Reyna son la mayor prueba del abandono que afecta al complejo, según admiten trabajadores de la Fundación Teresa Carreño. Desde diciembre de 2017, las funciones se mantienen paralizadas. No hay presentaciones. Solo se realizan eventos a “puerta cerrada”, ceñidos a la tarima, donde se instalaron unas gradas para los espectadores.
En la práctica, confirma el personal del Teresa Carreño, la sala Ríos Reyna pasó de tener más de 2.300 butacas a solo 100 puestos. La inoperatividad resta al espacio 96 % de su capacidad. Las luces apagadas, los asientos recogidos y las puertas trancadas retratan la desidia. A 35 años de su fundación, el prestigio del teatro parece solo cuestión del pasado. Ahora pasó de tener por lo menos una decena de presentaciones anuales a una oferta cultural prácticamente nula. Rosalba Morales, una empleada cuyos años de servicio suman lo mismo que el chavismo en el poder, lamenta el declive de la agenda. “Ni el presidente puede continuar con sus actos porque no están dadas las condiciones”, dice.

Un empleado de la Fundación Teresa Carreño, que pidió resguardar su identidad, señaló que durante 2018 no se han invertido los recursos para recuperar el aire acondicionado de la Ríos Reyna. La imagen del teatro en penumbras no es solo una lectura metafórica de los empleados que formulan las denuncias desde el anonimato. Un técnico, que también pidió resguardar su identidad, denunció que de los 960 circuitos de operaciones computarizadas, que dispone la sala para su iluminación, por lo menos 30 % están dañados.

“La consola de iluminación de la sala requiere mantenimiento. Se han descuidado los pisos y la alfombra. Las dimensiones y la calidad de las presentaciones no son las mismas. Pasamos de tener un espacio monumental a un corral de teatro”, comenta. El escenario semihexagonal, que cuenta con 900 m², perdió su personalidad. Los gatos hidráulicos, que se emplean para movilizar tres de las cuatro plataformas y el foso de la orquesta, flaquean. La tramoya, los telones y los puentes de luz están desmembrados.
No solo la oscuridad ha ganado terreno en el principal complejo cultural del país, el deterioro es cada vez más palpable. Las inundaciones después de cada lluvia dejan sus marcas en los pasillos. La filtraciones dejan sus huellas en pisos y techos, en las grietas abiertas. La obra del cinetista Jesús Soto, entre las que destacan las Nubes Blancas, los Cubos vibrantes sobre proyección blanca y negra y los Cubos virtuales sobre proyección amarilla, están enmarcadas dentro de todo aquel desconcierto.

Los empleados aseguran que el último plan de recuperación se implementó en 2015, pero fue un intento fallido. De aquel intento de rehabilitación y mantenimiento del complejo Teatro Teresa Carreño apenas sobrevive el anuncio oficializado en la Memoria y Cuenta del Ministerio de Cultura presentada este año en la Asamblea Nacional. Los empleados aseguran que urge destapar los drenajes del complejo, un trabajo que quedó inconcluso pese a las últimas maniobras del Gobierno.

El pasillo principal y los tramos que conducen a los laterales son un monumento a la oscuridad. Los bombillos, que según el personal son sustituidos con regularidad, son hurtados por vándalos de oficio. “Tenemos seguridad hasta cierta hora del día. He sido testigo de cómo los patineteros usan algunos espacios para hacer piruetas”, denunció Olga Monteverde, quien labora en Bellas Artes.
“Los ductos del aire acondicionado están dañados. La polilla se está comiendo el piso y algunas butacas están deterioradas. Pero se trata de un problema que puede ser revertido con una jornada de mantenimiento. Solo requerimos voluntad”, agregó un empleado.
Otra sala que demanda mantenimiento es la José Félix Ribas. Se trata de un espacio inaugurado el 12 de febrero de 1976. En el acto de apertura, recoge el libro Caracas en 450, se realizó un concierto de la Orquesta Juvenil Juan José Landaeta, dirigida por el director mexicano Carlos Chávez. Su área es de 507,5 m² y dispone de una capacidad de 347 butacas que conforman su aforo. El techo de la sala cuenta con una obra del artista Jesús Soto, que lleva por nombre Pirámides Vibrantes y que funciona como techo acústico.

Radiografía de la Sala Ríos Reyna.
El cálculo estructural fue hecho por los ingenieros José y Cecilio Luchsinger, Federico Alminara, Natalio Manchellum y José Ignacio Pulido. La parte mecánica de la edificación fue realizada por los ingenieros Isaac Kizer y Yolanda Sánchez con el apoyo de la empresa John L. Altiere & Asociados.
De la acústica y la mecánica teatral se encargó la empresa Bolt Beranek & Newman de Cambridge, Massachusetts, y la firma George C. Izenour Associates de New Havor, Connecticut, quienes lograron un resultado impecable, con un diseño muy llamativo y un desempeño funcional sin igual, asesorado por los mejores especialistas de cada materia.
La construcción fue desarrollada por la extinta empresa Delpre C. A., que estuvo a cargo de la sala José Félix Ribas, que se inauguró el 12 de febrero de 1976. Siete años después, fue la culminación de la sala Ríos Reyna el 19 de abril de 1983.
Para su realización el Centro Simón Bolívar dispuso de un terreno de 22.586 m² ubicado entre Parque Central y el Parque Los Caobos. Se realizó un concurso que ganaron los arquitectos Tomás Lugo, Jesús Sandoval y Dietrich Kunckel, quienes diseñaron el recinto.

Fotos: Sebastián Inojosa

22 de noviembre, día del músico y de Santa Cecilia

Cada 22 de noviembre se celebra el día de la música, de los músicos y de Santa Cecilia considerada tradicionalmente como protectora de los músicos.

Cecilia de Roma, mejor conocida como Santa Cecilia, fue una noble romana convertida al cristianismo que se cree que vivió en el siglo II de nuestra Era, época en que esta religión era considerada una amenaza para el imperio romano. Al ser descubierta profesando esta fe, contraria a las leyes de su época y negándose a abjurar de la misma, fue condenada a muerte falleciendo el 22 de noviembre. La relación que tiene Santa Cecilia con la música es bastante imprecisa, pero se cuenta que durante su martirio Santa Cecilia cantaba los salmos sin renunciar a su fe. Más de mil años después se encontraron sus restos y en 1594, Santa Cecilia fue canonizada por el papa Gregorio XIII y fue proclamada patrona de la música.

El éxtasis de Santa Cecilia

Investigando sobre obras pictóricas de Santa Cecilia me encuentro con el Éxtasis de Santa Cecilia del famoso pintor renacentista Rafael Sanzio y un simpático artículo sobre la misma escrito por Julia Emperador para el portal Andalán. En esta obra, encargada a Rafael por Elena Duglioli dall´Oglio, se aprecia el refinado pincel del destacado maestro italiano tanto en los rostros de los santos como en las telas de sus vestidos.

El-extasis-de-Santa-Cecilia-de-Rafael-

El “Éxtasis de Santa Cecilia” patrona de la música, fue realizado por Rafael en 1515 para la capilla familiar de Elena Duglioli, en la iglesia de San Giovanni in Monte de Bolonia. Tras formar parte del botín napoleónico estuvo en el Museo del Louvre hasta 1815, cuando regresó a Bolonia a la Pinacoteca Nacional de esta ciudad, situada en el bullicioso y carismático barrio universitario.

Antes de visitar la Pinacoteca me paseo por la calle Zamboni, donde se encuentran las facultades de Filosofía, Teología, Veterinaria, Medicina y Derecho. Bolonia fue la primera universidad del mundo occidental en el año 1088. Allí estudiaron Dante, Petrarca, Becket, Erasmo de Rottterdam, Copérnico, Nebrija, Cervantes, San Ignacio de Loyola…

Callejeando por la calle Zamboni, entro a visitar la bella iglesia de San Giacomo Maggiore y unos metros mas allá el Oratorio di Santa Cecilia. Es una capilla sencilla con una gran fuerza mística, está decorada con diez frescos que cubren todas las paredes y relatan la vida de la santa: comienza con el matrimonio con un joven patricio, Valeriano, al que convierte a la religión Católica, su persecución, la visión de su Ángel Custodio, el reparto de sus bienes entre los pobres y termina con su martirio.

La Pinacoteca Nacional comparte con la Academia de Bellas Artes la antigua sede de un seminario jesuita, en la actual Via delle Belle Arti y muestra sus colecciones en 30 salas con obras de Giotto, Vitale de Bologna, Rafael, Guido Reni, Parmigianino y los Carracci: Ludovico, Agostino y Annibale renovadores del barroco temprano frente a la pintura de Caravaggio, considerado por ellos como “el anticristo de la pintura”.

En las salas destinadas al Renacimiento descubro “el extasis de Santa Cecilia” de Rafael, una de las obras más importantes y famosas de la Pinacoteca.

Esta obra pertenece al género religioso denominado “sacra conversazione”. Así se conocen los cuadros que representan una escena compuesta de varios santos a los que se distingue por los atributos iconográficos propios de su leyenda. La figura principal de la composición es Santa Cecilia, virgen y mártir romana, considerada a finales del siglo XV como patrona de los músicos, a cuyos pies yacen los instrumentos musicales abandonados excepto el órgano que sostiene vagamente en sus manos, mirando al cielo donde entre las nubes aparece un “coro” de ángeles. A su alrededor están San Pablo, en actitud pensativa, San Juan Evangelista cuya mirada se encuentra con la de San Agustín, y Santa María Magdalena que mira hacia fuera del cuadro para relacionar al espectador con esta visión de éxtasis ultraterrenal.

Rafael representa el rostro de la santa con los ojos elevados hacia esa apertura de gloria,de tal modo que a través de la mirada de Cecilia el espectador puede identificar la procedencia de la música y una parte de su visión celestial. Realmente la divinidad no está presente, sino solo sugerida a través del “coro” de ángeles. La representación de esta experiencia visionaria constituye un hito en este tipo de iconografía, porque de ella se tomará la utilización de los ojos elevados hacia el cielo para conformar un momento de éxtasis.

Muchos compositores se inspiraron en la santa, Händel, Britten, Scarlatti, Gounod, Purcell. Recibió oficialmente el nombramiento de Patrona de la Música en 1594 otorgado por el papa Gregorio XIII.

Su tumba se encuentra en el Trastevere romano, en la Iglesia de Santa Cecilia. En el interior existe un altar esculpido por Stefano Maderno (hacia 1600), que contiene la estatua barroca en mármol de Carrara de Santa Cecilia, con pretiles en los laterales e imágenes de santos. La santa se encuentra en posición yacente, dormida y sin ningún gesto trágico o dramático. Tiene un acabado suave con apariencia de vida.

Miro por última vez el conjunto de las cinco figuras estáticas, que muestran un extremado y sosegado recato en sus expresiones. Está lloviendo.

Las calles tienen brillo de lluvia.

 

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