La Ríos Reyna, de sala monumental a corral teatrero

Para todos quienes hicimos vida profesional en el Teatro Teresa Carreño la actual condición del mismo nos duele profundamente ya que fue un espacio donde se ofrecía una amplia oferta cultural tanto de la parte académica como música popular. Innumerables conciertos y espectáculos fueron presentados en la Sala Ríos Reyna que ahora se encuentra en un deplorable estado e inutilizada desde hace meses.

Por Julio MateranoVía | cronica.uno

17 de noviembre, 2018

No solo la oscuridad ha ganado terreno en el principal complejo cultural del país, el deterioro es cada vez más palpable. Las inundaciones después de cada lluvia dejan sus marcas en los pasillos. Las filtraciones dejan sus huellas en pisos y techos. En la práctica, la Sala Ríos Reyna pasó de tener una capacidad de 2.320 sillones a una grada habilitada sobre la tarima con 100 puestos.

Caracas. Con 329.338 metros cuadrados de construcción, es tal vez la personificación más verosímil, en Venezuela, de la cultura contemporánea. Le sobreabundan las cualidades arquitectónicas y artísticas para alardear de su autoridad en el imperio de las artes. Proyectado por el arquitecto Tomás Lugo en 1972, el Teatro Teresa Carreño es, por excelencia, el enclave de los gozos más finos de una generación aventajada y, en ocasiones, atildada, que supo disfrutar de los grandes eventos que albergó una comarca ahora en ruinas: la música, los conciertos, óperas y recitales que entonces palpitaban en la Caracas más cosmopolita.
De todos los espacios que componen la “catedral” de las artes, existe uno que ha sido el más significativo de todos y que luce afantasmado. Es la sala Ríos Reyna, la más emblemática del país. Hoy las escaleras mecánicas que se levantan desde los espacios abiertos hasta la otrora sala monumental están estáticas. Parecen detenidas en el tiempo. No hay quien las suba. En realidad, las correas están desvencijadas y el circuito mecánico que hace posible el ascenso de los espectadores está dañado. Requieren mantenimiento. Al lugar le falta la logística de los grandes recintos.

En medio de todas las privaciones que desmantelan la institucionalidad del Teresa Carreño, la parálisis de los peldaños metálicos encarna el menor de los problemas en un recinto estropeado por la desinversión y la abulia gubernamental. Los 2.320 sillones inhabilitados por la crisis presupuestaria en la Ríos Reyna son la mayor prueba del abandono que afecta al complejo, según admiten trabajadores de la Fundación Teresa Carreño. Desde diciembre de 2017, las funciones se mantienen paralizadas. No hay presentaciones. Solo se realizan eventos a “puerta cerrada”, ceñidos a la tarima, donde se instalaron unas gradas para los espectadores.
En la práctica, confirma el personal del Teresa Carreño, la sala Ríos Reyna pasó de tener más de 2.300 butacas a solo 100 puestos. La inoperatividad resta al espacio 96 % de su capacidad. Las luces apagadas, los asientos recogidos y las puertas trancadas retratan la desidia. A 35 años de su fundación, el prestigio del teatro parece solo cuestión del pasado. Ahora pasó de tener por lo menos una decena de presentaciones anuales a una oferta cultural prácticamente nula. Rosalba Morales, una empleada cuyos años de servicio suman lo mismo que el chavismo en el poder, lamenta el declive de la agenda. “Ni el presidente puede continuar con sus actos porque no están dadas las condiciones”, dice.

Un empleado de la Fundación Teresa Carreño, que pidió resguardar su identidad, señaló que durante 2018 no se han invertido los recursos para recuperar el aire acondicionado de la Ríos Reyna. La imagen del teatro en penumbras no es solo una lectura metafórica de los empleados que formulan las denuncias desde el anonimato. Un técnico, que también pidió resguardar su identidad, denunció que de los 960 circuitos de operaciones computarizadas, que dispone la sala para su iluminación, por lo menos 30 % están dañados.

“La consola de iluminación de la sala requiere mantenimiento. Se han descuidado los pisos y la alfombra. Las dimensiones y la calidad de las presentaciones no son las mismas. Pasamos de tener un espacio monumental a un corral de teatro”, comenta. El escenario semihexagonal, que cuenta con 900 m², perdió su personalidad. Los gatos hidráulicos, que se emplean para movilizar tres de las cuatro plataformas y el foso de la orquesta, flaquean. La tramoya, los telones y los puentes de luz están desmembrados.
No solo la oscuridad ha ganado terreno en el principal complejo cultural del país, el deterioro es cada vez más palpable. Las inundaciones después de cada lluvia dejan sus marcas en los pasillos. La filtraciones dejan sus huellas en pisos y techos, en las grietas abiertas. La obra del cinetista Jesús Soto, entre las que destacan las Nubes Blancas, los Cubos vibrantes sobre proyección blanca y negra y los Cubos virtuales sobre proyección amarilla, están enmarcadas dentro de todo aquel desconcierto.

Los empleados aseguran que el último plan de recuperación se implementó en 2015, pero fue un intento fallido. De aquel intento de rehabilitación y mantenimiento del complejo Teatro Teresa Carreño apenas sobrevive el anuncio oficializado en la Memoria y Cuenta del Ministerio de Cultura presentada este año en la Asamblea Nacional. Los empleados aseguran que urge destapar los drenajes del complejo, un trabajo que quedó inconcluso pese a las últimas maniobras del Gobierno.

El pasillo principal y los tramos que conducen a los laterales son un monumento a la oscuridad. Los bombillos, que según el personal son sustituidos con regularidad, son hurtados por vándalos de oficio. “Tenemos seguridad hasta cierta hora del día. He sido testigo de cómo los patineteros usan algunos espacios para hacer piruetas”, denunció Olga Monteverde, quien labora en Bellas Artes.
“Los ductos del aire acondicionado están dañados. La polilla se está comiendo el piso y algunas butacas están deterioradas. Pero se trata de un problema que puede ser revertido con una jornada de mantenimiento. Solo requerimos voluntad”, agregó un empleado.
Otra sala que demanda mantenimiento es la José Félix Ribas. Se trata de un espacio inaugurado el 12 de febrero de 1976. En el acto de apertura, recoge el libro Caracas en 450, se realizó un concierto de la Orquesta Juvenil Juan José Landaeta, dirigida por el director mexicano Carlos Chávez. Su área es de 507,5 m² y dispone de una capacidad de 347 butacas que conforman su aforo. El techo de la sala cuenta con una obra del artista Jesús Soto, que lleva por nombre Pirámides Vibrantes y que funciona como techo acústico.

Radiografía de la Sala Ríos Reyna.
El cálculo estructural fue hecho por los ingenieros José y Cecilio Luchsinger, Federico Alminara, Natalio Manchellum y José Ignacio Pulido. La parte mecánica de la edificación fue realizada por los ingenieros Isaac Kizer y Yolanda Sánchez con el apoyo de la empresa John L. Altiere & Asociados.
De la acústica y la mecánica teatral se encargó la empresa Bolt Beranek & Newman de Cambridge, Massachusetts, y la firma George C. Izenour Associates de New Havor, Connecticut, quienes lograron un resultado impecable, con un diseño muy llamativo y un desempeño funcional sin igual, asesorado por los mejores especialistas de cada materia.
La construcción fue desarrollada por la extinta empresa Delpre C. A., que estuvo a cargo de la sala José Félix Ribas, que se inauguró el 12 de febrero de 1976. Siete años después, fue la culminación de la sala Ríos Reyna el 19 de abril de 1983.
Para su realización el Centro Simón Bolívar dispuso de un terreno de 22.586 m² ubicado entre Parque Central y el Parque Los Caobos. Se realizó un concurso que ganaron los arquitectos Tomás Lugo, Jesús Sandoval y Dietrich Kunckel, quienes diseñaron el recinto.

Fotos: Sebastián Inojosa

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